Cuando preparo un cuentacuentos siempre tengo claro que quiero que los niños se diviertan. Pero si, además de pasarlo bien, se llevan a casa una idea bonita o aprenden algo nuevo casi sin darse cuenta, siento que la aventura ha merecido todavía más la pena.
Eso fue precisamente lo que ocurrió hace ya días en un colegio de Casarrubios del Monte (Toledo). Lo que empezó como una divertida historia de piratas acabó convirtiéndose en una experiencia donde los propios niños fueron encontrando las respuestas mientras jugaban y participaban.
🏴☠️ Cuando los niños forman parte del cuento
Lo mejor de los cuentacuentos participativos es que nadie se queda mirando desde la silla. Todos opinan, ayudan, hacen preguntas y aportan ideas que muchas veces cambian el rumbo de la historia.
Y eso es lo que hace que cada actuación sea diferente. Aunque el cuento sea el mismo, cada grupo lo convierte en una aventura nueva.
🌊 El verdadero tesoro
En esta ocasión había mapas, grumetes, personajes despistados y un tesoro por encontrar. Pero el mensaje más importante no estaba dentro de ningún cofre.
A lo largo de la historia hablamos de cuidar los mares y los océanos, y fueron los propios niños quienes propusieron pequeñas acciones para proteger el medio ambiente. No hizo falta dar una lección; simplemente fueron descubriéndolo juntos mientras avanzaba la aventura.
🧭 Aprender también puede ser una aventura
Otro momento muy bonito llegó cuando hablamos de todo lo que necesita un buen pirata para recorrer el mundo. Entre brújulas, barcos y mapas apareció una idea muy sencilla: cuanto más aprendemos, mejor preparados estamos para vivir cualquier aventura.
Cuando el aprendizaje forma parte de una historia, los niños lo reciben de una forma mucho más natural.
❤️ Cada actuación deja algo diferente
Después muchos cuentacuentos, hay una cosa que nunca cambia: ningún público es igual a otro.
En Casarrubios del Monte hubo risas, imaginación, pequeños piratas con muchas ganas de participar y un montón de momentos espontáneos que hicieron que aquella mañana fuera especial.
Y eso es, probablemente, lo que más me gusta de este trabajo. Ver cómo una simple historia consigue hacer reír, despertar la curiosidad y sembrar pequeñas ideas que, con un poco de suerte, seguirán creciendo mucho después de que termine el cuento.
En Brujetea seguimos creyendo en ese tipo de historias: las que entretienen, hacen participar y dejan un bonito recuerdo en quienes las viven.
Porque las mejores historias no solo se cuentan… se viven. Y quién sabe, quizá la próxima aventura de Brujetea esté esperando en vuestro colegio o biblioteca.
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